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El inicio del proceso de la contemplación no está en la búsqueda de Dios por el hombre; en el hombre que se pregunta por Dios; sino, a la inversa, en descubrirse a sí mismo preguntado por Dios: «Adán ¿dónde estás?»; «Elías, ¿qué haces ahí?»; «ven, Job, que yo te interrogaré».
Sólo a la luz de esta pregunta que resuena en su interior, pero que viene de infinitamente más allá de sí mismo, se pone el hombre en condiciones de saber sobre sí mismo adecuadamente…
Por eso la contemplación cristiana no es simplemente volvernos hacia nuestro propio interior, para descubrir, en el fondo más íntimo de nuestro ser, esa condición divina que muchas veces se nos oculta. Es vuelta al interior para remontarnos desde allí hacia el origen del que nuestro yo está permanentemente surgiendo.
La contemplación cristiana no es complacerse en las riquezas interiores, sino escuchar permanentemente en el interior esa palabra que permanentemente nos está descubriendo y realizando nuestra propia verdad.
Corresponder a esa presencia originaria de Dios en el centro del ser humano y en la raíz de su existencia es, al mismo tiempo, retorno a sí y salida de sí; coincidencia consigo y aceptación y entrega de sí.
La contemplación cristiana, escucha de la palabra de Dios, es posible gracias a la capacidad de Dios, que Dios mismo ha puesto y renueva permanentemente en nuestro interior: la palabra de Dios a nosotros presupone la palabra de Dios en nosotros; la existencia como tabernáculo exige la existencia como oyente de la palabra.
ISBN: 978-84-8353-268-3
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